Aguanta. Aguanta. Aguanta. Detona.
Todos a tu alrededor explotaron hace tres segundos, y tú sigues ahí parado, perfectamente quieto, haciendo las cuentas. ¿Es real? ¿Lo van a anular? ¿Viene una repetición? El Ojo conoce este punto de control íntimamente, porque lo corres con todo: la carta de aceptación que releíste cuatro veces antes de reaccionar, el cumplido que archivaste para sentirlo después, la buena noticia que no le contaste a nadie hasta que fue segura-segura. La decepción te ha sorprendido antes — en algún lugar, alguna vez, una alegría se te revirtió — así que ahora la felicidad tiene que pasar un control de seguridad. Pero esto es lo que al Ojo le encanta: cuando por fin pasa la aduana, explotas más fuerte que nadie en el cuarto, porque la tuya viene con intereses. El grito retardado, las manos temblando, la risa que se convierte en casi-llanto. La gente que solo conoce tu versión compuesta se queda pasmada con la erupción. La gente que te conoce bien la espera como si fuera día festivo.
Consigue tu lectura — gratis en iPhoneno retrasas la alegría por hacerte el frío. la retrasas porque una vez te la cancelaron a media emoción.